Oír hablar de uno

1. La ley inmutable y definitiva a la que todos estamos sometidos es la mortalidad. Todos vamos a morir, y vivimos en el temor a la muerte y debatiéndonos entre la consciencia de la muerte (que, de imponerse, no nos dejaría vivir) y la represión de esa consciencia. Al mismo tiempo, los humanos aspiramos a la inmortalidad, a la perpetuación: a través de la procreación, o de la fe religiosa, o del éxtasis amoroso o místico —que es vislumbre de la eternidad—, o de la elaboración de una obra y la búsqueda de la fama. Una de las fantasías recurrentes del ser humano —puesto que le permite vivir la ilusión de la no muerte— es la escena en la que oye hablar de sí. En la literatura es frecuente el caso del personaje que se disfraza y, de incógnito, pregunta por sí mismo: Ulises pide que se le hable de Ulises cuando regresa a Ítaca disfrazado de mendigo; el califa Harún al-Rashid en las Mil y una noches se disfraza para recorrer las calles de Bagdad y saber qué se dice y enterarse de qué pasa en su “ausencia”; innumerables personajes de la tragedia y la comedia se disfrazan o proverbialmente se esconden detrás de una cortina para enterarse de cómo se les ve desde fuera de sí; de qué se dice de ellos y cómo es la otra parte de la trama en la que están envueltos. Y quizás el mismo Jesús en la cruz sienta un placer en su pasión, en un instante que prefigura la resurrección: al oír el cargo falso que se le imputa.

2. Los autores buscamos que nos lean y que el lector hable de una persona emanada de nosotros como si fuéramos nosotros. Con esa división —esa multiplicación— jugamos a vencer la muerte. Las redes sociales, en tanto que son un medio de publicación, nos dan a todos la oportunidad de ese juego que reproduce y perpetúa: puedes saber qué se dice de ti (de ese otro que también eres) como si estuvieras muerto y hubieras sobrevivido a la muerte; como si estuvieras asistiendo a tu propio funeral y como si fueras varios. Puedes buscar tu nombre y verte presente en las palabras de los otros, y allí vivir —soñar, pesadillar— otra vida.

3. He jugado el juego peligroso (pues es jugar a estar muerta, a haber sobrevivido, a ser muerta en vida) de buscar mi nombre en Twitter. El otro día, cuando lo hice, encontré un pequeño desmán de una mujer a quien no conozco. Afrentada y llevada por el deseo de aparecérmele y sorprenderla como un fantasma («No estoy muerta aunque hables de mí como ausente; estoy viva, estoy en todas partes, te oí hablar de mí»), hice una corrección gramatical equivocada a su denuesto. Acostumbrada a un error común que he corregido en público muchas veces (el de usar un pronombre singular donde corresponde uno plural en representación del complemento indirecto del verbo), no leí completa la oración y asumí, al leer el pronombre, que estaría mal usado. Lo interesante de esto es mi acto fallido: escribí una corrección como si estuviera dormida; sin fijarme en absoluto. ¿Por qué leí y escribí mal? ¿Qué castigo buscaba inconscientemente al hacerlo, y por qué quería que se me castigara? ¿Cuál era el impulso tanático, autodestructivo, que me llevaba a pedir que me mataran simbólicamente, y que se distorsionara mi imagen en lo que mejor hago y más amo y más me importa —la consciencia del decir—?

4. Efectivamente, al día siguiente, me torturaron y me mataron y lloré mi muerte. Y al día que siguió a ese (hoy), otros me defendieron, me agradecieron y repasaron partes de mi vida o de mi carácter, de modo que me sentí leyendo mi propio obituario: la fantasía de la muerta rediviva se había cumplido y había dado toda la vuelta: yo asistía a mi funeral y yo me había convertido en varias. Yo había muerto y resucitado en esa puesta en escena de mi fantasía.

5. Es singular (soy consciente de la ironía) que el lapsus que desencadenó todo se refiriera al número del pronombre —a la confusión entre la singularidad o la pluralidad del objeto— puesto que lo que yo estaba haciendo al querer saber lo que se decía de mí era, precisamente, dividirme (ser una y ser dos al mismo tiempo; ser objeto y sujeto, y constatar mi división). Es significativo también que el acto fallido involucrara un pronombre; es decir, la palabra que está en lugar del nombre y lo desvincula de su particularidad. En mi lapsus yo cumplía (de manera fatal para mí, por supuesto) el temor/deseo de desidentificación y desintegración, de ruptura de la unidad, de muerte y de pervivencia (de asistencia al propio funeral).

Eso, pues, en lo que respecta a mi ansiedad y a mi neurosis.

En cuanto a lo que ustedes hicieron, eso les corresponde analizarlo a ustedes. No dejen de leerse, de tratar de ver el inconsciente, pues es otra manera de vivir más, de vivir otra vida.